A finales de los noventa, Quito era el modelo de ciudad en Sudamérica: la primera con transporte eléctrico, control de contaminación vehicular, reciclaje, un programa cultural icónico —Agosto, Mes de las Artes— y mucho más.

Ese círculo virtuoso llegó hasta Paco Moncayo, quien culminó el proceso de recuperación del Centro Histórico con una verdadera “poesía social”: el retiro de 7.500 vendedores informales que ocupaban las calles del centro, acompañado de una estrategia de marketing muy creativa que diseñé y que luego fue caso de estudio en el continente.

Moncayo fue, además, un trabajador incansable: agua y alcantarillado, parques y espacio público, la primera estrategia de marketing turístico y mucho más.

Desde entonces, la ciudad no volvió a pensar ni a planificar su futuro con sentido estratégico. El Metro, un elefante blanco que ahora debemos ver cómo sostener, se suma a un crecimiento y una burocratización sin límites. Hoy el Municipio tiene entre 22.000 y 24.000 empleados y trabajadores, frente a los 10.000 que tenía en tiempos de Moncayo.

Hace ya más de una década que Quito vive una crisis profunda. En cada elección se repite el mismo rito: diez o más candidatos, con dos sectores fuertes. Eso permitió ganar a Yunda, en 2019, con el 21,3 % de los votos; y a Pabel, en 2023, con el 25 %. La clase media quiteña carece de representación desde hace tiempo.

Ahora que se acercan las elecciones, todo indica que se va a repetir este enfrentamiento. Pabel ha decidido correr, a pesar de todo lo que está haciendo el Gobierno para impedirlo: suspensión por nueve meses del CNE a la RC, cambio de fecha de elecciones, informes de Contraloría y movimientos en la justicia. Y, del otro lado, Jorge Yunda, que quiere volver a la Alcaldía, de la que salió destituido por el Concejo Metropolitano.

El Gobierno no ha puesto candidato. El presidente parece cómodo con Yunda, a quien cree que puede manejar. Para el 70 % de quiteños que no queremos su regreso, es una bofetada en la cara. Pero eso, en la política de estos tiempos, no es importante: son tiempos de imponer, no de escuchar; tiempos de autoritarismo, no de democracia.

Incluso hay  un candidato que decidió retirarse para no molestar al presidente, que no quiere que gane alguien a quien él no controle.

Y hay otros prospectos que tienen serias dificultades para decidirse por la falta de apoyo financiero. Los empresarios también tienen temor a la reacción del presidente si hacen aportes a otros candidatos.

En toda esta discusión de poder, Quito no le importa a nadie. Mi ciudad, que fue ejemplo de civismo desde el comienzo de la República, ahora es Tierra de Nadie.

¿Y de gestión? Poco o nada. La extensión del Metro es una idea que no comparto, porque crea más deuda mientras la carga adicional de pasajeros no alcanzará para pagarla. No hay avance real en el sistema de pago electrónico, la famosa “caja común”, requisito fundamental para integrar el sistema. Sin eso, el caos en rutas, tiempos, calidad de servicio y tarifas seguirá quién sabe por cuánto tiempo más.

Hay como cinco entes que operan el tema de movilidad: una burocracia impresionante para manejar uno de los peores sistemas de transporte público del continente.

Está, por ejemplo, la AMT, esa barbaridad creada en el correísmo bajo el concepto de agentes civiles de tránsito. Unos muchachos que no tienen ninguna capacidad coercitiva, de modo que necesitan llamar a un policía si deben tomar una acción contra un infractor difícil.

Hace pocos días “se cayó” un proceso de alianza público-privada para el mantenimiento de la Ruta Viva. El alcalde salió a decir que lo van a hacer por administración directa. ¿En serio? ¿Cuadrillas de la EPMOP? ¿Y, mientras tanto, quién se encarga de los baches?

En tecnologías, hay como 50 sistemas informáticos distintos en el Municipio. Así de estúpido y absurdo. Esa multiplicidad de sistemas es el espacio perfecto para la discrecionalidad y la corrupción.

Tampoco hay una definición clara de poderes: los concejales intervienen en la gestión como si fueran parte del Ejecutivo municipal. Además, la polarización como método impide toda forma de acuerdo y de fiscalización real.

Mientras todo esto pasa, los quiteños vamos a tener que decidir entre un alcalde que ha demostrado mucha ineficiencia y el retorno de Yunda, un tipo con cero capacidad para entender la complejidad del Municipio y de la ciudad. Además, iría como una suerte de “gerente encargado” del presidente, con todo lo que eso implica para Quito.

Mientras escribo, no puedo evitar una tristeza inmensa. Soy un luchador por naturaleza. Siempre busco soluciones, ideas, propuestas, salidas.

Pero esta vez me gana la impotencia. La crisis pinta para quedarse unos cuantos años más.

Porque, mirando al futuro inmediato, todo indica que Quito seguirá siendo Tierra de Nadie.

Por ahora, voy a buscar algo de oxígeno en LaPipol, mi plataforma de contenidos educativos y construcción de ciudadanía.

Allí ya somos cerca de 150.000 personas que seguimos creyendo en el civismo, la confianza y el bien común.

Quizás la recuperación de Quito no empiece en la próxima elección, sino en la reconstrucción de esos valores que alguna vez hicieron de esta ciudad un ejemplo para América Latina.

Porque las ciudades no cambian cuando cambian los alcaldes.

Cambian cuando cambian las personas, cuando tienen ciudadanos.

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