Breve antecedente histórico
En 2022, el BID publicó un documento titulado “Confianza, la clave de la cohesión social y el crecimiento en América Latina y el Caribe”. Allí se presenta un análisis exhaustivo de cómo la falta de confianza afecta todos los sectores y niveles de nuestras sociedades, desde el barrio hasta el poder judicial, la policía y la justicia.
Pero más allá de los análisis técnicos, todos sentimos esa falta de confianza en el día a día, ya sea en un hospital o en un trámite municipal. El deterioro institucional es un problema muy serio en el Ecuador. Tenemos la sensación de que nada funciona: salud, seguridad, justicia, entre otros.
A esto se suma la pérdida de confianza interpersonal, incentivada por la cultura digital, las redes y los algoritmos: una cultura que promueve el individualismo radical y que nos aleja de los demás, incluso en espacios como la mesa donde compartimos un almuerzo.
La desinformación, las fake news y el enfrentamiento entre “tribus” son moneda corriente en la posmodernidad.
Todo ello nos conduce a una pérdida de valores fundamentales y hábitos de convivencia: respeto, tolerancia, cortesía, buen humor.
Sin esos valores, hay ausencia de ciudadanía, que es el espacio donde se practican y, por tanto, donde se construye la confianza.
Sin confianza institucional ni interpersonal, no hay posibilidad de construir políticas de beneficio colectivo. La gente prefiere recibir beneficios directos e individuales antes que apostar por proyectos comunes. El civismo —entendido como el comportamiento que respeta normas, el espacio público y el ambiente, y que contribuye al bienestar de todos— se ha convertido en una palabra pasada de moda.
A este escenario se suma una política que no convoca ni propone un proyecto colectivo, sino que impone, desinforma y actúa sin tomar en cuenta a la gente.
Esa política se refleja en una comunicación que divide y desinforma, incapaz de unir, convocar o motivar.
La consecuencia: un NO PAÍS.
Hoy, una gran parte de la comunicación en el Ecuador se expresa en la confrontación permanente entre dos bandos: correístas y anticorreístas. Ante cualquier crítica al gobierno, aparece un ejército de periodistas militantes, “voceros”, “influencers” y trolls para culpar al correísmo.
Por su parte, los anticorreístas han celebrado varias “muertes” políticas de Rafael Correa y su movimiento, jactándose de haberlos derrotado y sepultado. Sin embargo, la semana pasada, las encuestas registraban un 44% de imagen positiva de Correa.
Conclusión: si el Ecuador no supera esta absurda polarización, no tiene ninguna posibilidad de salir adelante.
Necesitamos acuerdos para enfrentar la crisis sistémica que vivimos: seguridad, justicia, salud, energía, IESS, obra pública e infraestructura, economía y empleo. Todo esto, además, en un contexto de profunda crisis fiscal: deuda, exceso y baja calidad del gasto público.
¿Es posible resolver una megacrisis, una tormenta perfecta, dividiendo a los ecuatorianos entre buenos y malos? ¿Estigmatizando a quien se atreve a criticar o pensar distinto?
La respuesta es NO.
Hoy más que nunca, sembrar valores, construir ciudadanía y recuperar la confianza son urgencias del Ecuador y de América Latina.
Esa construcción no vendrá del gobierno. Debe surgir desde la sociedad.
Hay que promover valores, hacer pedagogía y construir ciudadanía, para que la política sea la consecuencia de una nueva sociedad impulsada por una masa crítica de personas que propongan, como dijo Obama —recordando el título de su libro de 2006—: “La audacia de la esperanza”.
Es urgente sembrar valores, formar ciudadanos.
Tenemos que escoger entre la política del cinismo y la política de la esperanza.
Comentarios recientes