En La Hora de los Depredadores, Giuliano Da Empoli explica que el caos como protocolo de comunicación de gobierno es la nueva normalidad; que la política de respetar las normas y buscar consensos ya no se usa más. Quienes aplican este modelo de gobernanza y comunicación dicen que la democracia fue una “breve anomalía”.
Conclusión: volvió el autoritarismo.

Dice también que los verdaderos depredadores son los dueños de las empresas de tecnología e inteligencia artificial que están detrás de los gobernantes.

Ellos integran un grupo donde están Peter Thiel, Sam Altman, Curtis Yarvin, Elon Musk y otros, que postulan directamente que la libertad y la democracia son incompatibles. Thiel, un filósofo que fundó PayPal con Musk y ahora dueño de Palantir —empresa que da servicio al Pentágono, la CIA y varias entidades del sistema de defensa de Estados Unidos y otros países— afirma que, así como después del 9/11, el atentado a las Torres Gemelas, sacrificamos libertad para salvar la democracia, con cámaras y sistemas de vigilancia que penetraron en nuestra intimidad, ahora hay que renunciar a la democracia por la libertad.

Esto con base en lo que ahora se llama la tecnopolítica: el algoritmo, que analiza un inmenso caudal de datos con el apoyo de IA, dice cuál es la línea de acción; por tanto, ya no se necesitan ni votantes ni ciudadanos.

En otro artículo profundizaré en este análisis, que tiene preocupados a gobiernos y organizaciones en todo el mundo, que ven la amenaza de este grupo de “tecno oligarcas”, esta nueva “ilustración oculta”, como se la está llamando en los sectores informados.

Pero volvamos a la comunicación.

En este escenario, los políticos guiados por los depredadores manejan una comunicación agresiva, negativa, que impone y divide. 

La empatía dejó de ser un principio clave.

Con el apoyo de algoritmos, troles, influencers, periodistas militantes, granjas de desinformación, fake news, deep fakes, etc., sostienen una confrontación permanente con un enemigo que ellos mismos inventan: “el comunismo”, “los mismos de siempre”, “la casta”, “la prensa corrupta”, “los empresarios explotadores”, con una finalidad clara: descalificar a cualquiera que piense distinto o que se atreva a criticar.

Esta estrategia, que puede ser rentable políticamente porque mantiene a una parte de la gente asustada y emputada contra el “enemigo”, es fatal para las sociedades, porque va destruyendo el tejido social como principio.

Ahora un bando es enemigo del otro. Ya no somos vecinos de la misma ciudad o ciudadanos del mismo país que buscamos metas comunes. Somos enemigos de quienes piensan distinto y nos enfrentamos con ellos todo el tiempo en las redes.

Ya no somos ecuatorianos o quiteños, sino correístas o anticorreístas. Si no formas parte de un bando eres calificado de tibio, porque te niegas a enfrentar a los culpables de la situación. Cada lado culpa al otro y listo. Allí está una de las razones de cómo Ecuador pasó de ser una “isla de paz”, a uno de los países más violentos del mundo.

Ahora mismo esta batalla se da día a día en las redes sociales. Aparecen periodistas militantes y voceros del gobierno a decir que subió el anticorreísmo (a 33%) y que el país está claramente dividido en dos bandos.

El problema de la polarización y el enfrentamiento permanente es que lleva a la gente a no creer en nada, a que se pierda toda forma de ejercicio cívico, lo que a su vez conduce a la destrucción de las instituciones y del tejido social; algo que estos depredadores fomentan para poder manipular a la gente y, de ese modo, manejar todos los poderes.

Gobiernan sin normas ni instituciones. “El poder soy yo” sería el titular que define a tipos como Trump, Orbán, Milei, Putin, Bukele o Petro. No importa si son de izquierda o de derecha; hay autócratas en ambos lados.

No estoy diciendo que todos son lo mismo: Putin es un dictador, mientras otros son autócratas; gente que llega dentro de las reglas democráticas, pero que luego va desarmando la institucionalidad para gobernar en el caos.

Una sociedad necesita un sueño compartido, una meta común, una sensación de esperanza, de que estamos yendo hacia un futuro mejor

Esto ya no pasa. Las campañas se ganan destruyendo a los rivales para luego, en el poder, definir al enemigo —el viejo bad guy de los estrategas gringos— y polarizar con él. Vivimos culpando a Correa por nuestros males, diez años después de que dejó el poder. 

El totem sigue allí, siempre cómo referencia de políticos cuyo único proyecto es enfrentara Correa y su combo. 

Fruto de esa polarización, llevamos años de muy bajo crecimiento económico, que no alcanza para crear empleo; no avanzamos en  reformas fundamentales: laboral, justicia, seguridad social, salud, educación, para mencionar unas pocas, en gran medida porque no hay proyecto ni intención de buscar acuerdos.

Yo defiendo, contra toda esa ola de pensadores y voceros militantes del pensamiento binario, que si no salimos de la polarización, de la dicotomía correísmo-anticorreísmo, no hay forma de que el país supere la crisis, que ya es crónica y permanente.

No se trata de la “tercera vía”, sino de cambiar el eje del debate: pensar una agenda de país, porque es allí donde vamos a encontrar metas comunes, un proyecto movilizador. A partir de allí, hay que establecer acuerdos mínimos.

Mientras las élites no entiendan esto, y no nos pongamos a debatir qué hacer para recuperar la confianza, definir una agenda mínima y proponer un futuro esperanzador, estamos condenados a seguir la deprimente ruta hacia el No País.

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